Institución afiliada a la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Institución asociada a la Facultad de Medicina de la Universidad de Morón
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Dr. Hugo D. Nano

Fundador, maestro y visionario. Más de setenta años dedicados a la oftalmología argentina.

INSTITUCIONAL

Dr. Hugo D. Nano.

Fundador, maestro y visionario. Más de setenta años dedicados a la oftalmología argentina, a la formación de generaciones de médicos y, sobre todo, a las personas. Estas son algunas de las voces de quienes lo conocieron: sus discípulos, sus colegas, su familia.

hugo nano

Historias

Las voces de quienes lo conocieron: sus discípulos, sus colegas y su familia. Cinco historias que cuentan,
mejor que cualquier biografía, quién fue el Dr. Hugo D. Nano.

Mi maestro

Dr. Eduardo Soraide, médico de staff de la Clínica Nano

Cuando el no se transforma en un sí

Dr. Domingo Latella, presidente de FADEC

El amor a la profesión y la dedicación al paciente

Dr. Fernando Cataldi, especialista en glaucoma

Un abuelo excepcional

Julia Martínez Ferrario, nieta

Juntos, siempre juntos

Adriana Nano, hija

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Mi Maestro

DR. EDUARDO SORAIDE, MÉDICO DE STAFF DE LA CLÍNICA NANO

El Dr. Nano engloba, en su presente y en su historia, condiciones que pueden ser encontradas separadamente en personas muy prestigiosas pero raramente todas juntas, como en este caso.

Portador desde sus comienzos de un apellido de gran connotación científico-oftalmológica, supo acrecentar significativamente esta condición sumándole investigación y docencia. A sus reconocidos méritos médicos quirúrgicos se agregan un superlativo nivel científico de continua actualización, un pragmatismo como autor además de inquieto, curioso e inquisidor en el ámbito, generosamente participativo de sus experiencias, muy solidario en lo personal y en lo social, y además, un organizador y ejecutor asombroso.

Para la comunidad oftalmológica en general, en su paso por las presidencias del Consejo Argentino de Oftalmología y de la Sociedad Argentina de Oftalmología fue una persona innovadora, creativa, organizadora y ejecutora como muy pocas. En el terreno comunitario, formó parte de innumerables reuniones de difusión e información con entidades sociales fuera del ámbito médico. Además participó del entrenamiento y la capacitación de bomberos para la prevención y el tratamiento de las urgencias, y de campañas de salud visual en el terreno.
Pero posiblemente su legado más rico sea la formación de sus discípulos, en un momento residentes. Alejándose de los caminos pedagógicos corrientes que se aplican en la especialización encaró la enseñanza de la medicina oftálmica en su forma primigenia y más pura: el tutelaje, es decir, el contacto directo y continuo entre el alumno y el maestro sin distancia o intermediarios. Efectivamente, cada uno de nosotros se formó a su lado en un intenso e íntimo trabajo de inmersión, obligación implícita y explícita de dependencia y respuesta total que no reconoce horarios ni feriados. Como premio: experiencia y capacitación de excelencia.

Si a cualquiera de los más de cien discípulos que obtuvimos nuestro título de Oftalmólogo se le preguntase qué es lo que más le gusta al Dr. Nano, seguramente la respuesta sería «enseñar». A lo largo de los años pudimos comprobar que este tipo de formación nos condujo a una forma de pensar y accionar frente al paciente siguiendo un hilo conductor en común, una verdadera «escuela».

Cuando miro atrás, y observo y analizo distintas formas de aprendizaje y entrenamiento me siento muy afortunado de haber recorrido este camino en la dirección indicada por un jefe donde las premisas que no admitían claudicación, eran el estudio y el esfuerzo.
Como pensamiento final cito las palabras del Dr. Rillo Cabane, ex presidente del Consejo Argentino de Oftalmología, quien en un discurso académico expresó «lo bueno de trabajar con Hugo Nano es que se le ocurren tantas y tan buenas ideas. Lo malo es que las quiere realizar todas juntas».

Creo que estas palabras pintan de cuerpo entero a mi maestro.

Cuando el no se
transforma en un sí

DR. DOMINGO LATELLA, PRESIDENTE DE FADEC

A los 10 años fui intervenido quirúrgicamente en el Hospital Italiano por una catarata congénita. Lamentablemente, a los pocos meses, devino en un glaucoma y en un desprendimiento de retina. El tiempo fue pasando y las esperanzas de mis padres de que yo volviera a ver nos llevó, alrededor de 1980, a la clínica del Dr. Hugo Nano en San Miguel y así analizar la realidad y las posibilidades. Aquel día fui a la consulta con el Dr. Nano, con la idea de que, si no volvía a ver, me tiraría del coche de mi padre en la curva de Gral. Lemos.

En la entrevista, el Dr. Hugo me examinó en profundidad y exhaustivamente y directamente nos explicó, a mis padres y a mí, que las lesiones eran irreversibles; pero que la vida continuaba, que me respaldase y mi fuerza de voluntad iba a ser una persona que, pese a este problema, saldría adelante. El golpe fue duro, se acabaron las esperanzas de volver a ver. Cuando volvíamos a casa hacia Don Torcuato, pasé por esa curva con mis ojos llenos de lágrimas, pero las palabras del Dr. Nano retumbaban en mis oídos.

Después de aquella larga charla con el doctor, no lo volví a encontrar hasta el año 1985 cuando operó a mi madre de un desprendimiento de retina, intervención que salió totalmente favorable. Las palabras del Dr. Nano de aquel buen día, de la noticia de que mi madre no corría más peligro en su vista se entrecruzaban con el «no» de la consulta en la cual me dio a mí la mala noticia.

Años después me recibí de abogado, me dediqué al deporte para ciegos. Una vez, en un torneo de torball en nuestro querido Instituto Román Rosell, uno de los equipos intervinientes era el de la Fundación Nano. De la alegría y la sorpresa tuve la inquietud de acercarme al profesor que dirigía la delegación, el Prof. Claudio Falco. Allí me contó sobre la creación de esta entidad que encabezaba nuestro querido Hugo y cuánto, con todo su esfuerzo, él seguía entregándoles a las personas que no pudieron solucionar el problema de la visión, encaminándolos a una nueva vida que los motivaba a seguir adelante. Y que aquel «no», que algún día nos tuvo que decir el Dr. Nano, se transformó en un «sí».

Después de 25 años de la creación de la Fundación Nano podemos decir que sí se pudo, que sí salimos adelante y que el «no» de aquel 1980 se transformó en el darle gracias hoy por lo que sigue brindando.

El amor a la profesión y la dedicación al paciente

DR. FERNANDO CATALDI, ESPECIALISTA EN GLAUCOMA DE LA CLÍNICA NANO

Hace 17 años me recibí de médico. Tenía la aspiración de ingresar a un centro oftalmológico de excelencia para realizar mi residencia. Decidí entonces presentarme a la Clínica del Dr. Nano. Recuerdo como si fuese hoy el día en que llevé mi curriculum como todos los demás candidatos. Después de varios exámenes y entrevistas tuve la inmensa satisfacción de quedar en la selección de los 10 primeros. Quedaba la entrevista final. Esa última entrevista consistía en pasar a un salón y sentarse en frente a todo el staff médico de la clínica encabezado por el Dr. Nano.

Para ese día elegí cuidadosamente mi mejor traje y corbata. Con una extraña mezcla de serenidad y tensión me senté frente al plantel respondiendo a todas las preguntas de la mejor forma que uno puede ante tal situación. Luego de una espera y mucha incertidumbre tuve la enorme satisfacción de recibir la confirmación de que había sido elegido junto a otros dos candidatos para ingresar como residente ese año en la Clínica. Sabía que era uno de esos momentos en la vida en donde hay un antes y un después. Con todo mi entusiasmo comencé a trabajar junto a los médicos del staff en la atención de los pacientes, los ateneos, ayudando en las cirugías, las guardias, las horas de estudio, los exámenes, las campañas de prevención y en la tarea en la Fundación Nano.

Una de las actividades más importantes para nosotros consistía en ayudar en el consultorio al Dr. Nano en la atención de los pacientes.
Ser un médico novato frente a toda la pericia, destreza y experiencia del doctor fue un aprendizaje único. Todos los médicos de la Clínica Nano tenemos esa impronta, un inmenso legado que todos portamos. No solamente por la transmisión de conocimientos científicos, sino por el amor a la profesión, la dedicación y el trabajo en equipo.
Desde un comienzo, observamos la importancia que el Dr. Nano daba a los pacientes con baja visión. Intentando siempre realizar lo mejor científica y médicamente, para curar la patología de sus pacientes. Y cuando la mejoría no era posible observamos que intentaba mejorar la calidad de vida de los pacientes con dificultad en la visión a través de ayudas ópticas y rehabilitación.
Hay un tema muy sensible y especial para el médico: el paciente ciego.

Nosotros, los médicos, nos preparamos para diagnosticar, tratar, curar, sanar, prevenir.
Ante un paciente ciego en forma irreversible el médico inevitablemente siente una gran frustración. Uno siente que ya no hay nada por hacer, lo vive en cierta forma como un fracaso y tiende a tomar distancia de él. Una reacción humana entendible pero errada. El Dr. Nano nos enseñó que, por el contrario, hay mucho por hacer. Que el amar al paciente ciego ayudarlo a rehabilitarse y transitar con él ese camino, es nuestro deber médico y humano frente al paciente ciego.

Así conocimos a pacientes ciegos y disminuidos visuales que se han rehabilitado en la Fundación, movilizándose por sus propios medios, pudiendo encontrar trabajo e integrados nuevamente a la sociedad, cursando carreras universitarias, practicando deportes como el torball y el fútbol. Todo esto siempre fue una fuente de felicidad para todos nosotros.

Un abuelo excepcional

JULIA MARTÍNEZ FERRARIO, NIETA

No puedo hablar de mi abuelo sin hablar de su profesión; él y la oftalmología han sido siempre una misma cosa. Su profesión como oftalmólogo es tan agradable y él la disfruta tanto como organizar una comparsa con sus nietos y desfilar en disfraces.

Este amor a lo suyo nunca implicó que su función como abuelo estuviera menos atendida. Todo lo contrario, ambas cosas unidas fueron más que dos separadas.

Como abuelo, y ahora como bisabuelo, siempre encontró los momentos para estar con sus nietos. Y vale aclarar que no es el caso de «estar» en donde uno está con alguien, pero hace o piensa otra cosa; no, hablo de tiempo calificado y atención al cien por ciento.
Cuando éramos chicos, jugaba con nosotros a la par; si era en el barro, en el barro mismo. Armaba una balsa para cruzar un arroyo, lo que sea. Siempre con la abuela Teresa atrás bajando a la tierra a todos y arreglando y acomodando el lío que –tanto él como nosotros– habíamos hecho.

Ya de más grandes se interesó en lo que cada uno eligió para su futuro, cualquiera sea la profesión, investigando a la par para ver qué cursos hacer, aunque no tuviese la mínima noción del tema. A pesar de cuánto ama su profesión, siempre nos enseñó a amar lo que hacemos, no importa lo que hayamos elegido.

Cuando uno piensa en alguien que hizo tanto en su profesión y por los demás, pensaría que no le quedó espacio para ir de vacaciones, disfrutar de su familia, sus amigos, ser carpintero y cultivar plantas. No sé cómo, pero él hizo todo esto y más. Y todo con el mismo entusiasmo y dedicación.

Soy arquitecta pero sé medir en un refractómetro, tomar visión, nombrar las enfermedades oculares más comunes, fui a la academia de medicina y a sus cursos más de una vez, fui a varios Veo Veo en diferentes provincias, incluso, fui su secretaria.
Todo lo viví con la mayor naturalidad, disfrutándolo, sin que nunca sea una carga, porque así lo trasmite él.
Estoy orgullosa de él y de mi abuela, porque, aunque sea una frase trillada, detrás de un gran hombre, siempre, siempre, hay una gran mujer.

Lo que más me enorgullece de los logros de mi abuelo, es la creación de la Fundación Nano. Ayudar a los que no pudo curar, dedicándoles su tiempo y su atención de manera desinteresada.
Siempre pensando cómo ayudar, qué cosas inventar para mejorar la calidad de vida de los no videntes, buscando bastones en los viajes de placer, comprando relojes parlantes él, para ayudar, sino siguiendo a mi abuelo en sus aventuras, que para mí eran una más de las tantas que vivimos juntos, en aquel entonces no se conocían.
Pasaron 25 años, parece que fue ayer que empezó con la Fundación. Yo tenía 12 años, así que al ser la nieta mayor me acuerdo bien. Participé de muchas cosas, pero no como cuando éramos chicos –que hoy parece algo natural, pero que para mí eran una más de las tantas que vivimos juntos.

Como nieta tengo la suerte de tenerlo como abuelo, me tocó uno excepcional.

Juntos, siempre juntos

ADRIANA NANO, HIJA

Juntos, Teresa y Hugo iniciaron un camino cuando ella tenía apenas 13 años. ¡Teresa tenía 18 años cuando se casó! Un camino loco, lleno de amor, familia y trabajo.

Como «El Gusano Loco» del gran escritor uruguayo Wimpi (Arthur García Nuñez), emprendieron un camino loco, lleno de amor, familia y trabajo.

«Aferrados al medio, los adaptados fueron quedando atrás. Por fortuna, en aquella colonia reptante apareció un gusano rebelde. Se sintió incómodo en el sitio que a los otros les satisfacía, y se apartó de ellos. Sin duda habría querido que lo siguieran. Pero lo dejaron solo. Era el gusano loco…» «¡Loor al gusano loco!»

Pero he aquí una diferencia, al gusano loco de Wimpi lo dejaron solo. A Hugo no, allí estaba Teresa. Juntos se aventuraron en arriesgadas misiones, y por citar sólo una, a manera de ejemplo, Teresa, con apenas 24 años, tres hijos –la menor de 15 días–, emprendió sola un viaje a Nueva York para encontrarse con Hugo, quien había ido un tiempo antes para trabajar y aprender. Así se aventura en un viaje casi incierto donde Hugo, con escasos recursos, apenas tenía dónde y cómo recibirla. Allí Teresa hizo la carrera de Ortóptica, para acompañarlo también en su camino profesional.

Te sueño árbol
Pasan los recuerdos, vienen clareando.
Pasan melodías, noches y días.

Paso de la tierra al cielo,
y el cielo y la tierra entrevero,
busco y te veo.

A vos, de pie como ofrenda que llama.
Tu tronco corteza descarna.
Vos, como entrega desnuda,
soportando el peso de tu desmesura.

Vos, como un árbol,
de las entrañas amamantando.
Vos, como un árbol,
con sol y verdes vienes laureando.
Boca arriba miro tus manos,
infatigable trenza encantada.
Imagino tus raíces, igual a la enramada.

¿Será un sueño la vida?
¿Será que tu árbol es dos árboles?
¿Será que uno vela y el otro duerme,
y que muertos se unirán un día?
¡En mi sueño nada es mentira!

Pasan nubes blancas, algodonadas.
Pasan tierra adentro, ríos de cuentos.

Carita de ripio afumada,
va la luna empañada,
marcando el tiempo.

Y vos, de pie sobre tierra mojada.
Esperando la siembra temprana.
Vos, como leño encendido,
abrigando el regreso de quien se ha perdido.

Dormí hasta el amanecer y mientras tanto,
el cielo y la tierra van girando…